Vaticano II

Concilio...

Vigésimo primer concilio ecuménico reconocido por la Iglesia católica, convertido en símbolo de la apertura eclesiástica al mundo moderno.

El Concilio fue anunciado por el Papa Juan XXIII el 25 de enero de 1959, y celebró 178 sesiones durante los meses de otoño durante cuatro años consecutivos.

La primera reunión tuvo lugar el 11 de octubre de 1962, y la última el 8 de diciembre de 1965.

De los 2.908 obispos, así como de otros posibles asistentes convocados, participaron en la sesión de apertura 2.540 venidos de todas las partes del mundo.

Los obispos de Asia y África jugaron un papel prominente en las deliberaciones del Concilio.

Sólo los países comunistas estuvieron escasamente representados, como resultado de presiones gubernamentales.

El promedio de asistencia a las sesiones fue de 2.200 personas.

Los preparativos para el Concilio comenzaron en mayo de 1959, cuando se pidieron sugerencias a los obispos católicos del mundo, a las facultades teológicas y a las universidades.

Trece comisiones preparatorias con más de 1.000 miembros fueron seleccionadas para rechazar las versiones preliminares sobre un amplio abanico de temas.

Prepararon 677 documentos llamados esquemas o schemata que fueron reducidos a 17 por una comisión especial convocada en las sesiones de los años 1962 a 1963. 

Los miembros del Concilio con derecho a voto eran obispos católicos, y superiores de las órdenes religiosas masculinas pero, como cambio radical respecto a prácticas anteriores, las iglesias ortodoxas y protestantes fueron invitadas a enviar delegados oficiales como observadores.

Se invitó a oyentes laicos de la Iglesia católica a la sesión de 1963, durante la cual dos de ellos dirigieron la palabra al Concilio. 

En 1964 se sumaron mujeres oyentes a estas sesiones.

Los asuntos a tratar eran muchos, y los temas que se discutieron incluían los medios de comunicación modernos, las relaciones entre cristianos y judíos, la libertad religiosa, el papel de los laicos en la Iglesia, el culto litúrgico, los contactos con otros cristianos y con no cristianos, tanto teístas como ateos, así como el papel y la educación de sacerdotes y obispos.


Documentos principales y conclusiones

El Concilio publicó 16 documentos, entre los que destacan los relativos a la revelación divina (Dei Verbum, 18 de noviembre de 1965) y a la Iglesia (Lumen Gentium, 11 de noviembre de 1964) junto a un documento fundamental en el terreno pastoral de la Iglesia en el mundo moderno (Gaudium et Spes, 7 de diciembre de 1965).

Los mejores y más modernos eruditos en temas bíblicos redactaron los principios y documentos relativos a la revelación divina. 

El Concilio explicó el punto de vista católico sobre cómo la Biblia, la tradición, y la autoridad eclesiástica se relacionan entre sí en la exposición de la revelación divina.

El documento relativo a la Iglesia recalcaba la idea bíblica de la organización de la comunidad cristiana, más que el modelo jurídico que había dominado hasta entonces. 

Denominar a la Iglesia pueblo de Dios enfatizaba la naturaleza del servicio de cargos tales como los del sacerdote y obispo, la responsabilidad colegial, o compartida, de todos los obispos con respecto a la globalidad de la Iglesia, así como la llamada de todos sus miembros a la santidad y a la participación en la misión eclesiástica de propagar el evangelio de Cristo.

El tono pastoral de la Iglesia en el mundo moderno fue establecido en las palabras de apertura del Concilio, las cuales declararon que la Iglesia compartía "la alegría y la esperanza, el dolor y la angustia de la humanidad contemporánea, particularmente las de los pobres y afligidos".

Empezó con un análisis teológico de la humanidad y del mundo.

Después se interesó por áreas determinadas, como el matrimonio y la familia, la vida cultural, social y económica, la comunidad política, la guerra y la paz, y las relaciones internacionales.

El fundamento sobre la liturgia promovió una participación comunitaria más activa en la misa, como acto central del culto público católico y fue el primer paso para conseguir cambios que para 1971 incluían la sustitución del latín, antigua lengua del culto religioso, por lenguas vernáculas.

Otros documentos buscaron un terreno común para entablar el diálogo con los cristianos ortodoxos y protestantes y con los no cristianos.

En una apertura poco común con respecto a su deliberada política de evitar condenas, el Concilio deploró "todas las acciones de odio, persecuciones, y demostraciones de antisemitismo llevadas a cabo en cualquier momento o a partir de cualquier fuente contra los judíos".

El papa Juan XXIII había iniciado el Concilio Vaticano II de manera positiva, teniendo como propósito la puesta al día y la renovación (aggiornamento) de la Iglesia católica y el logro de la unidad cristiana y humana.

El papa Pablo VI, quien continuó el Concilio tras la muerte de Juan XXIII en 1963, aprobó estos propósitos y añadió además el diálogo con el mundo moderno.


Acogida y oposición

La primera reacción al Concilio fue en su mayor parte favorable.

Uno de los resultados más importantes fue el estrechamiento de relaciones entre las iglesias cristianas.

Sin embargo, puesto que ciertas corrientes de cambio, que no se habían relacionado en absoluto con lo ocurrido en el Concilio, continuaron extendiéndose por la Iglesia, los grupos conservadores católicos empezaron a temer que las reformas hubieran sido demasiado radicales.

Surgieron grupos disidentes, y algunos críticos desafiaron la autoridad, tanto del Concilio, como de los papas que habían llevado a cabo lo decretado por aquél.

La oposición a los cambios en la liturgia de la Iglesia se convirtió en un punto conflictivo para los que no estaban de acuerdo con que los cambios fueran más profundos.

El líder más destacado de los católicos tradicionalistas, que rechazó las reformas doctrinales y disciplinarias establecidas por el Concilio Vaticano II, era un arzobispo francés jubilado, llamado Marcel Lefèbvre, quien en 1970 fundó un grupo internacional conocido como la Fraternidad Sacerdotal de Pío X.

Declaró que las reformas del Concilio "nacen de la herejía y terminan en ella".

Los esfuerzos de reconciliación entre Roma y el arzobispo Lefèbvre no tuvieron éxito.

El Papa Pablo VI lo suspendió en el ejercicio de sus funciones como sacerdote y obispo en 1976, pero él continuó con sus actividades, ordenando incluso a los sacerdotes que servían en las iglesias tradicionalistas.