Papado
Misión del Papa, cabeza suprema de la
Iglesia católica. La palabra se deriva del latín medieval
Papa (papa o padre), término que en su primitiva acepción
se aplicaba para referirse a los obispos en general.
Los católicos creen que el Papa es el
sucesor de san Pedro, a quien Cristo confió el liderazgo de la
Iglesia según:
Mateo 16: 18. Y
yo te digo que tú eres Pedro, y que sobre esta piedra edificaré mi Iglesia;
y las puertas o poder del infierno no prevalecerán contra ella.
19. Y a ti te daré las llaves del reino de los
cielos; y todo lo que atares sobre la tierra, será también atado en
los cielos; y todo lo que desatares sobre la tierra, será también desatado
en los cielos.
El Papa tiene muchos títulos oficiales:
obispo de Roma, vicario de Cristo, sucesor del Príncipe de los
Apóstoles, supremo pontífice de la Iglesia universal,
patriarca de Occidente, primado de Italia, arzobispo y metropolitano
de la diócesis de Roma, soberano del estado de la Ciudad del
Vaticano y siervo de los siervos de Dios.
El título de obispo de Roma representa
la base para los demás: un individuo es Papa porque es obispo
de Roma (y de ahí que sea sucesor de Pedro), y no viceversa.
Poderes y estructura
Como representantes del más alto poder
en la Iglesia, los papas hacen públicas declaraciones doctrinales
de autoridad, convocan concilios, resuelven cuestiones legales, establecen
diócesis, eligen obispos y desempeñan otras funciones.
Nunca en la historia se han ejercitado estos poderes de forma tan extensa
como hoy.
La curia
El Papa es asistido por una elaborada burocracia
conocida como curia. Después de muchas reorganizaciones, la curia
todavía tiene la misma estructura tripartita que se le dio en
el siglo XVI:
(1) congregaciones (comités administrativos),
cada una encargada de un área específica de gobierno;
(2) tribunales, para dirimir los asuntos legales;
(3) oficios, consultorías y secretariados,
de los cuales el más importante ahora es el secretariado de Estado,
que funciona como órgano principal de gobierno al cual se suman
el resto de las instituciones.
Elección
El Papa es elegido por el colegio cardenalicio
en las semanas posteriores a la muerte de su predecesor. Los cardenales
se reúnen en un cónclave bajo juramento de mantener el
voto secreto. Este sistema, modificado muchas veces, se ha mantenido
desde el siglo XI, cuando el enmarañado sistema que le precedía
fue sustituido con carácter definitivo. Aunque en teoría
cualquier hombre bautizado puede ser elegido Papa, desde el siglo XVI
la elección siempre ha recaído sobre alguno de los cardenales,
presentes en el cónclave. Hasta entonces no era infrecuente elegir
como papas a individuos que no habían recibido aún la
ordenación sacerdotal.
Historia
Existen evidencias arqueológicas y literarias
que apoyan la creencia de que san Pedro fue martirizado en Roma e incluso
que fue enterrado en el emplazamiento tradicional bajo el altar principal
de la basílica de san Pedro, el Altar de la Confesión,
pero el papel preciso que jugó en la comunidad cristiana en Roma
antes de su muerte no se conoce con la misma certidumbre.
Procedencia de la primacía papal
La primera carta de Clemente (Prima Clementis,
c. 100 d. C.), representante de los cristianos de Roma, a los corintios,
puede interpretarse como una temprana toma de conciencia romana de su
responsabilidad respecto a otras iglesias. Hacia el final del siglo
II, con el Papa san Víctor I (que gobernó la Iglesia de
189 a 199), y en particular hacia mediados del siglo siguiente, con
el Papa san Esteban I ( al frente de la iglesia del 254 al 257), los
obispos de Roma asumían que la tradición de su Iglesia
era de alguna forma normativa para las demás.
Durante el siglo IV y principios del V, los papas
reclamaron para sí una autoridad especial y apenas fueron discutidos,
quizás debido a la pobreza de las comunicaciones, a la indiferencia
o a la aquiescencia tácita de los devotos.
Con el Papa san León I el Grande (440-461),
las prerrogativas del papado fueron articuladas de palabra y obra con
renovadas energías. Para entonces, el canon de la sucesión
apostólica, propuesto a finales del siglo II como norma de ortodoxia
y legitimidad, se desarrolló con plenitud y León pudo
explotarlo como sucesor de Pedro, es más, como "vicario
de Pedro". Apoyado por la autoridad civil del imperio romano occidental,
León intervino con éxito en los asuntos de otros arzobispados
tales como el de Vienne, en Francia, donde contradijo la decisión
del obispo local.
León insistió en que el Concilio
de Calcedonia (451) aceptara su enseñanza sobre los debates cristológicos
a la sazón en boga, y el concilio, en efecto, así lo hizo.
Para consternación y desacuerdo de León, sin embargo,
el concilio también decretó que la nueva Roma (Constantinopla)
tenía que tener en Oriente la misma primacía que la antigua
Roma en Occidente.
El primitivo papado medieval
La atribulada historia política de Roma
durante el siguiente siglo y medio casi desvaneció el sentido
del papado.
El Papa san Gelasio I (492 a 496) fue una excepción,
una figura especialmente notable por su colección de textos cristianos
legales y disciplinarios, los cuales, con su decidida tendencia a enfatizar
la autoridad papal, influenciarían el desarrollo del derecho
canónico en la edad media.
Al igual que León, otros papas se consideraron
dotados de poderes absolutos sobre la totalidad de la Iglesia, incluso
sobre la de Oriente, donde este punto de vista se aceptaba oficialmente
pero en la práctica existían muchas reticencias.
El Papa, Gregorio I el Grande, recibió
como legado, muchos territorios. Los administró muy bien, los
defendió mejor aún, y logró que la Iglesia de Roma
tuviera tanta fuerza y prestigio como la de Constantinopla.
Cuando Gregorio envió a los agustinos
como misioneros a Inglaterra en el 596, insufló en la cristiandad
del norte de Europa un sentido de gratitud y lealtad a la autoridad
pontificia que mantendrían sus sucesores durante siglos.
A finales del siglo VIII y principios del IX,
Carlomagno ofreció protección a los papas y les concedió
inmensos territorios en las regiones centrales de Italia, sustrato de
los futuros Estados Papales.
El Papa san León III (795-816), a su vez,
sentó las bases del imperio germánico medieval (Sacro
Imperio Romano) al coronar a Carlomagno en la basílica de san
Pedro el 25 de diciembre, del año 800.
Declive y reforma gregoriana
Dado que las condiciones políticas en
Italia se deterioraron en el siglo X, el papado cayó en manos
de la nobleza romana. Los papas eran en el mejor de los casos, meras
figuras decorativas en una ciudad abandonada de hecho; en el peor de
los casos unos inmorales manipulados por familiares y por nobles sin
escrúpulos.
El pontificado del Papa san León IX (1049-1054),
un reformista de Alsacia, situó al papado en el camino de la
recuperación y le hizo comprometerse en una profunda reforma
de la Iglesia. Una característica especial de esta reforma, promovida
por los papas de finales del siglo XI y principios del XII, era subrayar
con énfasis la autoridad papal como clave para restaurar el orden
interno de la Iglesia.
El Papa san Gregorio VII (1073-1085) surgió,
tanto antes como después de su elección al papado, como
el defensor más acérrimo de este movimiento, conocido
tanto como la Controversia de las investiduras y como la reforma gregoriana.
El papado que resultó de estos cambios,
más insistentes que nunca en las prerrogativas del sumo pontífice,
se las ingenió para convencer a la mayoría de los obispos
y a muchos príncipes de que estos privilegios eran en el orden
religioso y temporal justos, y los introdujo en la nueva ley de canon
que se estaba formulando por entonces, y los implantó institucionalmente
como una burocracia centralizada.
Gregorio VII y sus sucesores fueron así
los fundadores del papado moderno.
El legado de los gregorianos alcanzó su
cenit con el Papa Inocencio II (1198-1216), cuya energía y capacidad
le convirtieron en la personalidad religiosa más importante de
la sociedad contemporánea europea. Fue el primer Papa en hacer
uso consistente del título de vicario de Cristo.
Avignon y el gran cisma
Menos de un siglo después del triunfo
de la autoridad papal medieval bajo Inocencio III, el rey Felipe IV
de Francia humilló al Papa Bonifacio VIII (1294-1303), y la guerra
psicológica que inició contra el Papa Clemente V (1305-1314)
desembocó en la larga residencia (1309-1377) de los papas en
Avignon, donde se vieron muy influidos por los intereses políticos
franceses.
Al final de este periodo tuvo lugar el gran cisma,
durante el cual dos o tres papas alegaban simultáneamente, para
gran escándalo de la cristiandad, que ellos eran los únicos
pontífices legítimos.
Aunque el gran cisma se terminó finalmente
con el Concilio de Constanza (1414-1418), el papado había perdido
prestigio, y durante los cien años siguientes vivió con
el miedo a ataques a su autoridad por parte de los radicales que se
manifestaron ya en el Concilio de Basilea (1431-1449)
La Contrarreforma y postrimerías
A principios del siglo XVI, los Papas fueron
por fin capaces de consolidar su autoridad política en los Estados
Pontificios y convertirse por primera vez en auténticos príncipes
territoriales. Pero en aquellos mismos años, Martín Lutero
hizo del rechazo al papado parte integral de la Reforma.
Con creciente vehemencia, calificó al
Papa de anticristo, no tanto por la supuesta mundanidad y corrupción
del Papado como por su fracaso al no proclamar la doctrina de la Justificación
por la fe.
En 1534 el rey Enrique VIII de Inglaterra hizo
que el Parlamento le declarara cabeza de la Iglesia de Inglaterra, quitándole
al Papa este derecho. Aunque los diferentes reformistas protestantes
se diferenciaban en muchos temas, todos coincidieron en la creencia
de que el papado era una institución perniciosa, y al menos,
nada esencial.
La respuesta católica a la Reforma empezó
con el Papa Pablo III (1534-1549) Procuró nombrar a hombres prestigiosos
para formar el colegio cardenalicio, intentó garantizar un papado
moralmente recto en el futuro.
El Concilio de Trento (1545-1563) no consideró
la misión del Papa en la Iglesia, aunque formuló la mayoría
de las doctrinas y prácticas de la moderna Iglesia católica.
En la clausura, el concilio pasó al papado
sus asuntos inacabados así como la implantación progresiva
de sus decretos, lo cual fortaleció el liderazgo del Papa en
la Iglesia. El intercambio de polémicas doctrinales con los protestantes,
además, llevó al papado a conseguir un papel más
destacado en la teología católica que el que había
tenido hasta entonces, y lo convirtió en la marca distintiva
entre la Iglesia católica y las iglesias protestantes.
Este hecho agravó también el cisma
entre la Iglesia oriental que había tenido lugar en 1054. Todavía
sin una clara formulación del vínculo del papado con el
episcopado y los gobernantes nacionales, la Iglesia católica
era vulnerable ante muchos asuntos, tales como el galicanismo, el febronianismo
y el josefismo en los siglos XVII y XVIII. Cada uno de estos movimientos,
que ponían de relieve cierto grado de independencia episcopal
o real en relación con el papado, fue condenado por decreto papal.
Por último, bajo el Papa Pío IX
(1846-1878) el Concilio Vaticano I (1870) definió la primacía
jurisdiccional y la infalibilidad del Papa como doctrina.
La Revolución Francesa y sus consecuencias
en toda Europa, trajeron consigo nuevos problemas al papado, en especial
con el impulso en Italia hacia la unidad nacional que condujo en 1860-1870
a la incorporación de los Estados Pontificios y la ciudad de
Roma al Reino de Italia.
Como protesta, en particular contra la pérdida
de Roma, Pío IX se retiró de la ciudad para convertirse
voluntariamente en "prisionero del Vaticano", una pequeña
zona de unas cuarenta hectáreas que rodean la basílica
de san Pedro.
La llamada 'Cuestión Romana' se resolvió
en 1929 por un acuerdo con el gobierno italiano de Benito Mussolini,
el pacto de Letrán, por el cual la Ciudad del Vaticano se convirtió
en un Estado soberano, con el Papa como jefe de Estado.
El siglo XX
Durante los últimos 100 años, el
papado ha crecido en prestigio e importancia, incluso fuera de los círculos
católicos. Empezando con la encíclica Rerum Novarum (1891)
escrita por el Papa León XIII (1878-1903), ha tomado una serie
de actitudes de amplia visión y largo alcance, relativas a las
implicaciones morales sobre cuestiones sociales y económicas.
El papado se opuso abiertamente al marxismo,
pero después de la II Guerra Mundial intentó establecer
acuerdos con los regímenes comunistas en la Europa del este.
Tuvo mucho éxito en Polonia y en la antigua Yugoslavia, donde
la Iglesia operó con alguna libertad, incluso antes de la caída
de los regímenes comunistas.
La atractiva personalidad del Papa Juan XXIII
(1958-1963) ganó para el papado un inmenso respeto mundial.
El Concilio Vaticano II (1962-1965) convocado
por el Papa Juan enfatizó las funciones del episcopado en el
gobierno de la Iglesia, sin negar los decretos del Concilio Vaticano
I, y al mismo tiempo adoptó una actitud más conciliadora
hacia las iglesias protestantes y ortodoxas.
El concilio también tendió a favorecer
un estilo de gobierno por parte de la Iglesia más participativo
y menos autoritario.
En parte como respuesta a tales iniciativas,
las iglesias protestantes y ortodoxas empezaron a reconsiderar el papel
del papado en la Iglesia y a mostrar más simpatía hacia
esta institución que ha aguantado tantos embates.
El Papa Juan Pablo II (elegido en 1978), el primer
Papa no italiano en más de 400 años, ha dado gran importancia
a la naturaleza mundial de la Iglesia viajando con frecuencia y visitando
todos los continentes, excepto la Antártida.